«Pero que se alegren todos los que en ti buscan refugio» (Salmos 5: 11a)
¡Siempre que nos sorprende un temporal odio que pase esto…! A todos nos ocurre que, al sumergirnos en nuestra agenda semanal, nos involucramos en la rutina familiar, laboral o eclesiástica. Y que esta tiene, como todo lo que hacemos, una fuerza de responsabilidad. Donde nos lleve esa actividad, nos empujamos con los horarios, con los compromisos y terminamos sin darnos cuenta, desconociendo lo que ocurre simultáneamente. El cambio de humor, las condiciones sociales y el cambio de clima.
¡Tal vez te ha pasado lo mismo! No programar en tu maletín de trabajo, llevar algo extra, de abrigo o de alimento. Y al darnos cuenta nos sorprende una tormenta, una que nos empapa en medio de la calle. La lluvia inesperada, nos moja el estado de ánimo. Nos frena la agenda, nos detiene para poder reaccionar a lo que seguirán las próximas horas. Y mientras la pausa nos enfría el día, solo queremos volver a casa para poder cambiarnos y tomar algo caliente.
Hay tormentas que son mucho más frías e inesperadas, tormentas que nos dejan con un eslabón menos en nuestra cadena familiar. Lluvias que se llevan nuestro trabajo, que nos despojan de nuestros seres queridos. Bajas temperaturas que nos quitan nuestra propiedad de sueños, etc., etc.
En esos momentos, ¿dónde sueles refugiarte? ¿Cuáles son los lugares donde sientes seguridad? ¿Eres capaz de escaparte en lo más profundo de una ofensa? ¿Huyes a la soledad para no mostrar que necesitas ayuda?
El salmista menciona esta expresión de alegría, y utiliza la metáfora de refugiarse en Dios, entendiendo en carne propia lo que se siente ser perseguido por problemas. David, además de conocer los problemas y las persecuciones, conocía estar cerca de Papá.
Tristes, bajoneados, alegres o desesperados. El rincón más seguro para nuestra vida siempre será estar en casa, en Su presencia. Llorarle a Él es el antídoto para nuestro mojado corazón. Que Él sea nuestro refugio donde nos podamos cambiar la ropa de nuestra autosuficiencia, donde podamos secarnos de los errores, de nuestra manera de pensar. Y nos alimente con su compañía, con su fidelidad eterna.
“Querido Dios, me suele invadir el dolor por haber perdido, por haberme desviado, por desenfocarme. Y las tormentas me hacen confundir. Pero Tú estás, Tú siempre te mantienes fiel. Gracias por estar siempre conmigo a pesar de todo. Te amo”.
Ilustración: Agustina Sileo



