El Obrar de Dios Requiere Tu Obediencia

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La semana pasada recibí un mensaje que me dolió. Un pastor me escribió: «Tito, llevo 8 años orando por crecimiento. Le pido a Dios cada día que bendiga mi iglesia. Pero nada pasa. Creo que Dios no quiere que mi iglesia crezca». Le pregunté: «¿Cuántas personas saliste a visitar este mes?» Silencio. «¿Cuántos de tus miembros están discipulando a alguien esta semana?» Más silencio. «¿Tienes un plan de trabajo semanal para tu equipo?» «Pastor Tito, yo oro. Dios es el que da el crecimiento».

Y ahí está el problema más grande que enfrenta la iglesia hoy: confundimos la soberanía de Dios con nuestra pasividad. Espiritualizamos nuestra desobediencia. Le echamos la culpa a Dios de nuestra falta de obediencia a lo que Él mismo nos mandó hacer.
Déjame contarte algo que aprendí a los 8 años y que me costó 40 años entender completamente.
Mi padre me mostró una foto de Jesús en la cruz. Me explicó que Él estaba ahí para darme vida eterna y propósito, si yo quería aceptarlo. Dije que sí ese día. Pero lo que no entendí entonces es que ese «sí» no era solo para recibir salvación. Era para vivir en obediencia activa.
Años después, cuando tenía un trabajo seguro, un buen sueldo y una familia que mantener, escuché en mi tiempo devocional algo que cambió todo: «Si te quedas acá no puedo hacer con vos lo que quiero hacer». Renuncié. Me lancé al vacío. Y ahí empezó la aventura de 25 años ayudando a los pastores a ver sus iglesias crecer.
¿Sabes qué descubrí en esos 25 años? Que Dios siempre ha trabajado de la misma manera desde Génesis hasta Apocalipsis: Él obra cuando el hombre obedece.
Mirá la Biblia completa. No hay un solo caso donde Dios haya hecho algo sin un ser humano que obedeciera su orden. Noé tuvo que construir el arca. Abraham tuvo que salir de su tierra. Moisés tuvo que levantar el bastón. Josué tuvo que marchar alrededor de Jericó. Gedeón tuvo que atacar con sus 300. David tuvo que lanzar la piedra.
Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, la fórmula no cambia. Jesús les dice a los discípulos: «Vayan y hagan discípulos». No les dice: «Oren y esperen que la gente venga sola». Les da una orden. Un mandato. Una instrucción de trabajo.
Hay un versículo que resume todo esto perfectamente: 1 Corintios 3:7 dice: «Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento».
Este versículo lo citan todos los pastores que no ven crecimiento para justificar su inactividad. «¿Ves, Tito? Dios es el que da el crecimiento. Yo solo oro y espero».
Pero mirá bien el versículo. Dice «ni el que planta… ni el que riega». ¿Te diste cuenta? Alguien tiene que plantar. Alguien tiene que regar. La parte de Dios es dar el crecimiento. Pero si vos no plantás ni regás, no hay nada que Dios pueda hacer crecer.
Es como si un agricultor dijera: «Yo confío en Dios para la cosecha», pero nunca ara la tierra, nunca siembra la semilla, nunca riega el campo, nunca quita las malezas. Y después se queja: «Dios no me dio cosecha».

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Querido pastor, Dios no va a hacer tu parte del trabajo.
Tu parte es:
Salir a amar a las personas
Evangelizar a los perdidos
Discipular a los nuevos creyentes
Formar líderes
Multiplicar grupos
Enviar misioneros
La parte de Dios es:
Tocar corazones
Dar convicción de pecado
Transformar vidas
Dar el crecimiento
Multiplicar el fruto
Pero una parte no funciona sin la otra.

Hace unos meses hablé con el pastor Pedro. Me dijo: «Tito, tengo 20 miembros desde hace 20 años. He orado, ayunado, clamado. Nada cambia». Le pregunté: «¿Cuándo fue la última vez que saliste a evangelizar?» Me miró desconcertado. «Yo predico todos los domingos». «Eso no es evangelizar. Eso es enseñar a los que ya están convertidos».
Pedro se animó a probar algo nuevo. Empezó a salir dos horas por semana a visitar personas en su barrio. Formó un grupo de 5 que lo acompañaran. Les enseñó cómo compartir su fe de forma simple. En 3 meses bautizaron 8 personas. En 6 meses tenían 35 miembros. Hoy tienen 60 y están abriendo un nuevo grupo en otro barrio.
¿Qué cambió? ¿Dios empezó a obrar? No. Dios siempre quiso obrar. Pero ahora Pedro está haciendo su parte.
Hay un principio que he visto repetirse en más de 2.500 iglesias: el crecimiento empieza cuando el pastor decide ser obediente a lo que Jesús ya nos mandó hacer.
No es complicado. Es simple. Pero requiere trabajo. Requiere salir del edificio. Requiere pasar tiempo con personas que aún no conocen a Jesús. Requiere un plan semanal de acción. Requiere medir resultados. Requiere ajustar lo que no funciona.
La mayoría de los pastores pasan el 90% de su tiempo dentro del templo, con los mismos 20 o 30 que siempre vienen. Y el otro 10% lo usan en eventos, congresos, seminarios. Pero nunca invierten tiempo constante en lo que Jesús nos mandó: ir a buscar a las ovejas perdidas, hacer discípulos, multiplicar.
Déjame decirte algo con amor pero con claridad: tu iglesia no crece porque vos no estás haciendo lo que Jesús te mandó hacer. Y cuando digo «hacer» no habló de predicar más fuerte los domingos. Habló de trabajar con personas durante la semana. De discipular. De amar al prójimo de forma práctica y medible.
Porque Dios obra cuando vos obedecés.
Nosotros damos pasos, Dios da crecimiento. Pero si no hay pasos, no hay crecimiento.

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Y no te escondas detrás de frases como «es que mi contexto es difícil» o «es que mi ciudad es muy dura». He visto iglesias crecer en las montañas de Bolivia, en las villas de Buenos Aires, en pueblos olvidados de México, en barrios peligrosos de Colombia. El contexto no define el crecimiento. Tu obediencia sí.
¿Querés ver tu iglesia crecer? Empezá con esto:
Esta semana, salí dos horas a visitar personas en tu barrio. Llevate a dos de tu equipo. Invitalas a tu grupo. Conocelas. Amalas. Servilas. Compartiles el evangelio con simplicidad.
Y hacelo cada semana durante tres meses.
Te garantizo que en tres meses vas a tener nuevos rostros en tu iglesia. Porque vos vas a estar haciendo tu parte. Y cuando vos haces tu parte, Dios hace la suya.
No esperes más el tiempo de Dios. El tiempo de Dios es ahora. El problema no es el tiempo de Dios. El problema es que la iglesia debe estar en obediencia.
Paso a paso, pero no parados.

Un camino claro para que tu iglesia vuelva a crecer
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