Cuando una comunidad pierde hasta el derecho a orar

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El silencio mediático y de las principales organizaciones mundiales que rodea la persecución y el asesinato masivo de cristianos en Nigeria es, hoy en día, una de las mayores tragedias humanitarias y complicidades colectivas de nuestra era. Mientras el foco de la prensa global se posa en conflictos geopolíticos tradicionales, una limpieza etnorreligiosa sistemática desangra silenciosamente al país más poblado de África, ante la alarmante indiferencia de la comunidad internacional.

Una iglesia es un lugar donde una comunidad se reúne para compartir su fe. Pero en Nigeria, ese mismo lugar puede convertirse en el escenario de una masacre. Los ataques alcanzan a los fieles durante los servicios dominicales. La violencia entra allí donde fueron a orar, y lo que debía reunirlos termina arrebatándoles la vida.

El terror tampoco termina cuando se vacía la iglesia. Sacerdotes y pastores son secuestrados. Se exigen rescates, pero esos reclamos a menudo terminan en ejecuciones. Comunidades enteras son obligadas a abandonar sus tierras ancestrales. Con cada desplazamiento pierden su sustento y el lugar donde construyeron su historia. La persecución va borrando también su herencia, su pertenencia y su posibilidad de seguir viviendo juntos.

Detrás de esa destrucción hay cifras que deberían sacudir al mundo. Según informes de Open Doors, conocida como Puertas Abiertas, Nigeria concentra sistemáticamente más del 80% de los asesinatos de cristianos a nivel mundial. Organizaciones locales e internacionales estiman que decenas de miles han perdido la vida en la última década. Miles de creyentes han sido masacrados en regiones como el Cinturón Medio por Boko Haram, la Provincia de África Occidental del Estado Islámico —ISWAP— y grupos de militantes fulani radicalizados.

Cada cifra habla de vidas arrebatadas. Y también de las comunidades que quedan: amenazadas, desplazadas, despojadas de sus tierras y de sus lugares de culto. Para ellas, profesar la fe se ha convertido en una sentencia de muerte implícita.

Mientras esto ocurre en el país más poblado de África, la atención de la prensa global se concentra en otros conflictos geopolíticos. La persecución y el asesinato masivo de cristianos quedan rodeados de un silencio que profundiza el abandono. Una limpieza etnorreligiosa sistemática desangra al país ante la alarmante indiferencia de la comunidad internacional.

Reducir esta tragedia a meros conflictos locales por la tierra deja fuera a los fieles asesinados mientras oran, a los líderes religiosos secuestrados y a las comunidades expulsadas. Esa explicación distorsiona la realidad de la persecución y deja a las víctimas todavía más desprotegidas.

También es ensordecedor el silencio de organizaciones como la ONU, organizaciones internacionales, fundaciones, ONGs y gobiernos democráticos. Las comunidades perseguidas necesitan que estos organismos reconozcan públicamente la gravedad de la crisis y ejerzan una presión política y económica real sobre el gobierno nigeriano para que garantice la seguridad y la libertad religiosa de sus ciudadanos.

La urgencia está en lo que sigue ocurriendo mientras se demora una respuesta: más vidas arrebatadas, más comunidades desplazadas, más herencia borrada. La pasividad roza la negligencia cuando el derecho a creer se paga con la vida.

El mundo no puede seguir mirando hacia otro lado mientras una comunidad es destruida por profesar su fe. Quienes tienen la capacidad de intervenir deben actuar. Porque el silencio también abandona. Y la inacción nos hace cómplices del olvido.


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