El cementerio de los buenos propósitos

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Cada enero, millones de personas se anotan en el gimnasio. Para marzo, el 80% ya abandonó. En las iglesias pasa exactamente lo mismo.

Un pastor va a un congreso, se inspira, vuelve con una idea brillante. La presenta a su equipo con entusiasmo. Arrancan con fuerza. Y tres meses después… nada. La idea quedó en el cementerio de los buenos propósitos, junto con todas las anteriores. ¿Te suena familiar?

No te sientas mal. Esto le pasa al 90% de los pastores que conozco. Empiezan cosas buenas, con buenas intenciones, con visión genuina de Dios. Pero no las sostienen. Y el problema no es la idea. El problema es el sistema.

Dejame contarte algo personal. Hay un hábito que me costó años desarrollar: hacer ejercicio a diario. Años. No semanas, no meses. Años. Sabía que era importante. Sabía que mi cuerpo lo necesitaba. Empezaba con ganas, hacía una semana, dos… y abandonaba. Volvía a empezar. Abandonaba de nuevo. El ciclo se repetía una y otra vez.

¿Sabés qué cambió? Dejé de buscar la rutina perfecta y empecé con lo mínimo. En vez de «voy a entrenar una hora todos los días», empecé con «voy a moverme 15 minutos, pase lo que pase». Llueva, truene, esté cansado, tenga mil cosas. 15 minutos. Sin excusas. Eso lo podía cumplir. Y al cumplirlo, generé ritmo. El ritmo generó hábito. El hábito generó resultados. Y hoy el ejercicio es parte de mi vida como el café de la mañana. Esto mismo aplica al ministerio.

El error más común que veo en pastores es querer hacer demasiado de golpe. Lanzan cinco iniciativas juntas. Arrancan con reuniones de oración diarias, evangelismo semanal, discipulado intensivo, grupos pequeños y capacitación de líderes. Todo al mismo tiempo. ¿El resultado? Colapso en 90 días. Agotamiento. Culpa. Y la sensación de que «nada funciona en mi iglesia». No es que nada funcione. Es que nadie puede sostener todo eso junto sin un sistema.

Acá es donde entra lo que yo llamo el «mínimo viable». ¿Cuál es la única acción que vas a hacer esta semana sí o sí, sin importar qué pase? Una sola. No cinco. No tres. Una.

Si tu objetivo es activar el evangelismo, tu mínimo viable puede ser: «Esta semana voy a tener una conversación intencional con una persona que no conoce a Cristo.» Una conversación. Una persona. Una semana. ¿Parece poco? Eso es exactamente el punto. Lo que parece poco es lo que se puede cumplir. Y lo que se cumple genera confianza.

La confianza genera ritmo. El ritmo genera hábito. El hábito genera resultados. Mejor hecho que perfecto.

Esta frase cambió mi forma de trabajar. La adopté hace años y no la solté más. Porque la trampa del perfeccionismo es que te paraliza. Esperás tener todo listo, todo claro, todo perfecto… y mientras tanto no hacés nada.

Un plan imperfecto ejecutado es infinitamente mejor que un plan perfecto guardado en un cajón.

Ahora, el mínimo viable solo funciona si tenés dos anclas: una espiritual y una práctica.

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El ancla espiritual es simple: antes de planificar tu semana, tenés un momento devocional. No para cumplir, sino para escuchar. Le preguntás a Dios: «¿Qué querés que priorice esta semana?» Y desde ese lugar de conexión, definís tu mínimo viable.

Yo mantengo el devocional diario desde que era chico. Mi padre me leía la Biblia en cada siesta. Eso quedó grabado. Y hoy, antes de cualquier decisión importante, paso por ese filtro espiritual primero.

El ancla práctica es igual de simple: al final de la semana, revisás. ¿Cumplí lo que me propuse? ¿Sí o no? Si sí, celebrás. Si no, analizás por qué y ajustás para la próxima. Sin revisión, no hay aprendizaje. Sin aprendizaje, repetís los mismos errores.

Esto lo hacemos cada semana en las mentorías. Empezamos preguntando: ¿Qué hicieron? ¿Qué acciones desarrollaron? ¿Cómo lo hicieron? ¿Qué resultados obtuvieron? ¿Cómo se sintieron? No es control. Es acompañamiento. Y esa revisión semanal es lo que marca la diferencia entre los que avanzan y los que se quedan dando vueltas.

También ayuda mucho trabajar con hitos mensuales. En vez de pensar en «el año entero», pensá en los próximos 30 días. ¿Qué querés lograr este mes? Algo específico, medible. Al final del mes, evaluás: ¿Lo logré? ¿Qué funcionó? ¿Qué tengo que corregir? Y celebrás los avances, aunque sean pequeños.

La celebración no es opcional. Es combustible.

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Cuando solo ves lo que falta, te desanimás. Cuando reconocés lo que avanzaste, te energizás para seguir. Por eso en cada mentoría felicito continuamente los triunfos, los avances. Les hago ver cosas que ellos no valoran porque están tan metidos en el día a día que no ven cuánto crecieron.

Pastor, si llevás años empezando cosas y abandonándolas, no necesitás más ideas nuevas. Necesitás un sistema que te ayude a sostener una sola idea hasta que dé fruto. El crecimiento no viene de hacer muchas cosas. Viene de hacer pocas cosas con constancia.

¿Cuál es tu mínimo viable para esta semana? ¿Qué única acción vas a hacer sí o sí? Definila. Escribila. Ponele fecha. Y al final de la semana, revisá si la cumpliste.

La constancia no es un don. Es una decisión que se toma cada día, cada semana, cada mes. Hasta que deja de ser esfuerzo y se convierte en quien sos.

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