La teóloga española residente en los Estados Unidos, Raquel Reguera, ofrece una lectura cristiana sobre el tiroteo escolar ocurrido en la escuela argentina hace unos días, y que conmovió a toda la comunidad. Acostumbrada a los denominados lockdown (una suerte de simulacros escolares ante emergencias por posibles tiradores), Reguera da una mirada desde la experiencia propia y nos lleva a reflexionar acerca de qué tan cerca estamos de la vida de nuestros hijos cuando finaliza la rutina escolar.
Lo ocurrido esta semana en Argentina no puede resolverse como un simple caso policial más. El eco de unos disparos en un lugar llamado a custodiar la vida nos obliga a mirar más allá del arma y del titular.
Eran alrededor de las 7:15 de la mañana de un lunes cualquiera cuando un alumno de 15 años de la Escuela Normal Mariano Moreno N.º 40, en la localidad santafesina de San Cristóbal, abrió fuego de forma premeditada. Mató a un chico de 13 años e hirió a otros compañeros, sacudiendo de golpe el alma de una comunidad y de un país que no está acostumbrado, y se resiste a acostumbrarse, a este tipo de titulares.
Las primeras hipótesis apuntan a una historia de acoso escolar sostenido, mientras otras voces hablan de un entorno intrafamiliar complejo. Sea como fuere, la pregunta de fondo no es solo cómo entró un arma en el aula, sino cómo un chico descrito por sus propios compañeros como respetuoso, callado y muy buen alumno pudo llegar a perpetrar una atrocidad así.
Pero la pregunta deja pronto de pertenecer al ámbito local y traspasa fronteras.
Como madre que vive en Estados Unidos, donde los simulacros de lockdown (emergencia por posible tirador) forman parte natural de la vida escolar, sé que estas tragedias rara vez nacen de la nada.
Con el nudo en el pecho al despedir a diario a tus hijos, o con la respiración acelerada al recibir una notificación del colegio, millones de padres enfrentamos una realidad que va mucho más allá de discursos políticos o miedos figurados: el intento de normalizar lo que, en el fondo, sigue siendo una bestia imposible de domesticar.
«Cuando a esa exposición constante se suma un entorno familiar frágil, la pantalla deja de ser un canal de comunicación para convertirse en la salida visible de un dolor retenido».
En Estados Unidos, casi 22.000 menores de 17 años murieron por armas de fuego entre 2014 y 2024, hasta el punto de que hoy las lesiones por arma de fuego son la principal causa de muerte entre niños y adolescentes. Por eso, al inicio del año escolar se nos advierte de que los school shootings constituyen un fenómeno específico, distinto de otras formas de violencia escolar, y que no puede analizarse con categorías simplistas.
Claro, ante la sombra tan debilitante de estas cifras, la salida natural es buscar culpables inmediatos y la tentación contemporánea es correr hacia la trinchera más cercana: la política, las leyes, la familia, la escuela, los amigos, la salud mental, la tecnología o el arma.
Todo eso importa. Y quizá un desajuste en alguna de estas áreas o en varias a la vez, haya empujado este desenlace tan doloroso. Pero si nos quedamos solo ahí, señalando con el dedo, podemos perder la oportunidad de analizarnos más profundamente como sociedad y preguntarnos qué heridas emocionales, culturales y espirituales estamos dejando crecer en nuestros adolescentes sin darnos cuenta.
Es precisamente en esa revisión donde la cultura digital se revela como uno de los lugares donde hoy se forma el alma de nuestros hijos.
«La Iglesia, en esta era digital, tiene la responsabilidad profética de convertirse en refugio antes que en reacción».
Nuestros muchachos viven en redes, se comunican en chats y ya no dibujan la frontera madura entre lo real y lo virtual. Para ellos no hay dos mundos: es una sola vida, un tejido continuo donde la conversación, la pertenencia, la herida y la exclusión transitan sin descanso entre la pantalla, el aula y el hogar. Sin embargo, nosotros, los adultos, todavía no hemos asumido que el patio de la escuela ya no cierra a las cinco.

Como advirtió el sociólogo Manuel Castells, vivimos en una sociedad red donde la identidad y la pertenencia ya no dependen exclusivamente de la presencia física, sino de flujos continuos de conexión, reconocimiento y visibilidad. Y eso, para el alma del adolescente, es a menudo demasiado difícil de gestionar.
Ese tejido toma hoy formas muy concretas: TikTok, Instagram, WhatsApp, chats de clase, grupos privados, capturas compartidas, silencios digitales y vídeos que se viralizan antes incluso de que un adulto llegue a entender qué está pasando.
Cuando a esa exposición constante se suma un entorno familiar frágil, la pantalla deja de ser un canal de comunicación para convertirse en la salida visible de un dolor retenido.
Los estudios más recientes muestran algo inquietante: la humillación sufrida en redes se relaciona con mayor agresividad y con una disminución de las conductas prosociales y empáticas. Tal vez el verdadero drama de nuestro tiempo no sea solo la violencia visible, sino la lenta erosión de la empatía.
Estamos formando adolescentes y adultos en ecosistemas donde la herida se expone y se consume, pero rara vez se acompaña. Cuando una sociedad se acostumbra a observar el dolor ajeno sin detenerse a comprenderlo, algo esencial se fractura en la manera de convivir.
Por eso no se trata de absolver responsabilidades, sino de resistir la comodidad moral de pensar que basta con encontrar “el culpable correcto”. La fe nos invita a ir más profundo, al nivel del corazón, de la cultura y de la comunidad.
«Estamos formando adolescentes y adultos en ecosistemas donde la herida se expone y se consume, pero rara vez se acompaña».
Ante esta nueva realidad social, somos responsables de guiar a los más jóvenes por un camino de empatía, compasión y escucha, lejos de la vida filtrada a la que se acostumbran, donde casi todo se muestra editado, suavizado o exagerado, hasta el punto de quedar cauterizados frente al dolor y la vulnerabilidad.
Es precisamente en este contexto donde el cyberbullying merece un análisis aparte. No es una simple extensión del acoso tradicional, sino una forma de violencia que prolonga el dolor, lo hace público y lo convierte en espectáculo. A esto se suman otras dinámicas igual de dañinas como la exclusión silenciosa, la burla convertida en meme, el ghosting social, la difusión de capturas privadas y la ridiculización en vídeos.
Dicho de otro modo: las pantallas no aprietan el gatillo, pero sí pueden amplificar una herida hasta volverla insoportable.
Y tal vez sea ahí donde, como cristianos, debemos reaccionar ante una cultura que está erosionando nuestra capacidad de compadecernos.
Ahí la Iglesia, en esta era digital, tiene la responsabilidad profética de convertirse en refugio antes que en reacción.
«Las pantallas no aprietan el gatillo, pero sí pueden amplificar una herida hasta volverla insoportable».
Necesitamos familias, comunidades de fe y escuelas donde un adolescente pueda decir “no estoy bien” antes de que el resentimiento encuentre lenguaje en la violencia. Necesitamos enseñar que la dignidad no se negocia en un chat, que el prójimo no desaparece detrás de una pantalla y que la humillación pública no puede convertirse en entretenimiento.
Vivimos en un tiempo en el que, más que nunca, el prójimo nos necesita.



