La era del “YO”, el individualismo del empoderamiento.

Autor

  • Periodista y locutor argentino. Creador de contenidos digitales. Director artístico de Radio San Justo, en Buenos Aires.

Vivimos rodeados de frases como “vos podés”, “nadie te diga que no se puede”, “tenés que pensar en vos primero”, “merecés todo lo bueno”. Y ojo, no está mal que alguien te anime, que te recuerden que tenés valor y que tu vida importa. El problema es cuando ese “empoderamiento” versión coaching se desbalancea, se vuelve receta de autoayuda barata y termina empujándonos a creer que todo gira alrededor de nuestro ombligo. Ahí es donde el discurso motivacional se nos va de las manos y, casi sin darnos cuenta, pasamos de ser personas que buscan crecer a pequeños dioses que quieren que el mundo se acomode a sus deseos.

Te desafío a que salgas a caminar por las calles de cualquier ciudad grande —o medianamente grande— y mires con detenimiento cómo nos comportamos como sociedad. Vas a ver conductores que giran sin poner la luz, peatones cruzando por donde se les da la gana, autos ganando metros en semáforos en rojo, motos pasando por la derecha, ciclistas que ignoran las señales de tránsito como si no fueran para ellos, colectiveros abriéndose paso a fuerza del tamaño de su vehículo… y así, mil ejemplos más que gritan lo mismo: cada uno ve el mundo a su medida.
Ese empoderamiento del “yo merezco”, “yo tengo derecho” o “yo primero” nos quemó la cabeza. Nos convirtió en animalitos dentro de una jungla donde sobrevivir es imponerse. Porque si querés saber cómo piensa una sociedad, fijate cómo maneja: te pinta un panorama clarito.

¿Dónde quedó el respeto por el otro? ¿Y el ponernos en el lugar del prójimo?
Hemos dejado que el individualismo del “yo me salvo solo” nos domine, y ahora vemos al de al lado como un rival —por no decir enemigo— al que hay que pasar por arriba como sea.
Es verdad: todos tenemos derechos, y hay que cuidarlos. Pero también es verdad que tu derecho termina donde empieza el del otro. Y esa línea… hace rato que la borramos.
Lo preocupante es que esta actitud soberbia, egoísta y ciega se metió —sin pedir permiso— hasta en el pueblo de Dios. Hoy es normal encontrar tres templos de distintas congregaciones en dos cuadras, o que, si una iglesia arma una actividad especial, otra salga corriendo a inventar algo parecido para que “no se les vayan para allá” (no sea cosa que les guste más allá y no vuelvan acá).

Hemos dejado que el individualismo del “yo me salvo solo” nos domine, y ahora vemos al de al lado como un rival —por no decir enemigo— al que hay que pasar por arriba como sea.

Hace años había algo hermoso, una actividad que las iglesias realizaban regularmente: las confraternidades, sobre todo entre jóvenes. Para los que no saben de qué hablo, se los resumo así: Una congregación visitaba a otra, ministraba como invitada y después se devolvía la visita. De esta manera nos conocíamos, nos uníamos como cuerpo, crecíamos juntos. No competíamos.
Hoy, en cambio, cada iglesia que se precie tiene su congreso, su evento, su “gran convocatoria”… muchas veces en la misma fecha que la de al lado. Y, al final, van las caras de siempre a los eventos “especiales” y a las reuniones normales.
Y ni hablar del que se anima a ir a otra congregación… enseguida aparece la etiqueta: “traidor”, “infiel”, el “Judas” de turno. (Esto no me lo contaron… esto lo viví, ¡je!).

Ese empoderamiento que nos vendieron —y que compramos sin chistar— nos empuja a aislarnos. Dejamos de movernos como cuerpo para armar pequeños feudos donde un líder manda y el resto obedece, muchas veces sin siquiera chequear en la Biblia si lo que se pide (o se exige) realmente viene de Dios.
Preguntar, cuestionar, dudar… deberían ser señales de madurez, pero hoy parecen malas palabras.
Y así, nos vamos quedando solos. Encerrados en nuestra burbuja, defendiendo nuestro pedacito de poder como si fuera lo único que importa.
¿No será hora de bajarnos del pedestal del “yo” y volver a mirarnos como hermanos?
Porque, al final, en esta jungla que armamos, el que más grita no siempre gana… pero el que más ama, ese es el que une.

Preguntar, cuestionar, dudar… deberían ser señales de madurez, pero (dentro de las iglesias) hoy parecen malas palabras.

Imaginate por un momento algo distinto: que, en vez de competir, colaboremos. Que, en lugar de pensar que la otra congregación es un “cementerio”, entendamos lo que Jesús pidió en Juan 17 “que seamos uno para que el mundo crea”. No como un eslogan lindo, sino como una realidad que se note. Que el mundo pueda mirar y decir: “ahí hay algo diferente”.
Porque esa unidad no era una sugerencia… era parte del testimonio. Fue, es y será un mandato divino.
“Llanero solitario” no es solo el que se aleja de una congregación. También lo es aquel que deja de lado el Reino de Dios para construir su propia mini-dictadura disfrazada de iglesia.
Si paramos la vorágine en la que la hiperactividad y el super estímulo nos han sumergido surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Estamos edificando el Reino… o nuestro propio nombre?
Dejemos de trabajar para el aplauso de los hombres. Eso dura un rato y después se apaga. Volvamos a enfocarnos en ser obreros aprobados por el Padre, y no avergonzados delante de Él. Porque eso sí permanece.
Capaz esto que planteo aquí no cambia el mundo de un día para el otro.
Pero puede empezar a cambiar algo mucho más cercano: nosotros.
Volviendo al punto del inicio, no estoy diciendo que esté mal animar a alguien, trabajar en la autoestima o fijarse metas. Claro que hace falta recordar que nuestra vida tiene valor, pero lo que más necesitamos es dejar de comprar sin filtro ese “empoderamiento” que nos pone en el centro de todo, como si la historia entera fuera nuestra biografía inspiracional. Tal vez el verdadero poder no esté en repetir “yo puedo, yo valgo, yo merezco”, sino en aprender a decir: “Señor, que se haga tu voluntad, y usame para amar mejor a los demás”.

No sé… pensalo.


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