“Cuando tú ayudes a los necesitados, no se lo cuentes ni siquiera a tu amigo más íntimo; hazlo en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio.” San Mateo 6:3-4
Si bien la frase surgió de un poema de 1855 como crítica al exceso ornamental, fue el arquitecto Mies van der Rohe -director de la famosa escuela de diseño Bauhaus- quien, en 1920, la convirtió en uno de los principios de la arquitectura moderna.
Este concepto no se limita al minimalismo. Sugiere eliminar elementos superfluos e innecesarios, optimizando el uso del espacio para lograr el mayor impacto con la menor cantidad de distracciones posibles.
Mucho antes de esto, en Mateo 6, Jesús presentó un manual que invita a eliminar los excesos de nuestras palabras y acciones. A no buscar el premio en mostrar y hablar, sino en hacer silenciosamente. Te invito a leer el capítulo completo.
Lejos de las enseñanzas de Mies —y mucho más de las de Jesús—, el mundo se puso patas arriba. Estamos viviendo al revés, naturalizando el exceso y el consumo, además de otras cosas que no tienen nada de naturales: el maltrato y la violencia, la descalificación y la discriminación. Muchas más. Puedes hacer tu propia lista. (Isaías 5:20).
No es de ahora. No vengo a descubrirlo ni a revelarlo yo. «Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis. Y en el dos mil, también», profetizó Discépolo en su tango Cambalache de 1934.
Perseguimos el like que amplifique públicamente cada cosa que hacemos. Nos filmamos llorando, riendo, “reaccionando” mientras abrimos un paquete o miramos un partido. Los realities muestran a sus participantes 24/7. Publicamos, mostramos y compartimos todo: desde la tostada que comemos por la mañana hasta la serie que vemos por la noche. Si fuimos a un bar, al cine, a correr o a visitar a alguien. Lo que sea.
Las redes invitan a “crear contenido”. La oferta es muy tentadora: ver y mostrar, hablar y opinar sobre lo que vemos y hacemos. Nada es privado. Todo es público.
No es mi intención señalar. Tampoco vengo a juzgar ni a denunciar. De hecho, yo también utilizo redes que me permiten compartir trabajos, logros y momentos felices con otros. Deseo, sí, recuperar el consejo de Jesús e invitar a la reflexión: ocupar menos tiempo en cosas superfluas y más en relacionarnos con Dios y estar pendientes de las necesidades de otros.
Haciendo un uso racional de nuestro tiempo, invertimos la carga de energía: actuar en lugar de mostrar. Porque es en la intimidad con Dios, sin buscar reconocimiento ni aplausos, donde Él te bendice de formas que otros podrán notar.
Si quieres más “followers”, hazlo en silencio.
Menos, es más.
Menos.
Menos.
Menos todavía.
Menos yo, más Jesús.
Querido Dios: te pido que ocupes mi espacio.
Que me haga pequeño para que tú crezcas.
Que puedas hablar a través de mí, mostrando menos de mí y más de ti.
Foto WikiArquitectura



