Jesús no buscó líderes. Los formó.

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Cuando escucho a un pastor decir «no tengo líderes», siempre hago la misma pregunta: ¿Los estás buscando o los estás formando? Porque hay una diferencia enorme.

Buscar líderes es esperar que aparezca alguien ya formado, con experiencia, con carisma, con tiempo disponible, con todas las habilidades listas para usar. Básicamente, estás esperando un milagro. Formar líderes es tomar a alguien común, con potencial escondido, y caminar con esa persona hasta que se convierta en lo que Dios diseñó que fuera. ¿Sabés cuál fue la estrategia de Jesús? La segunda. Mirá a quiénes eligió.

Pedro: pescador impulsivo que metía la pata cada dos minutos. Mateo: cobrador de impuestos, odiado por todos. Juan y Santiago: tan intensos que querían quemar ciudades enteras. Tomás: el escéptico profesional. Ninguno tenía título de rabino. Ninguno había estudiado en las escuelas teológicas de Jerusalén. Ninguno tenía experiencia liderando movimientos espirituales. Eran pescadores, cobradores, gente común. Y con ese equipo, Jesús cambió la historia de la humanidad para siempre.

¿Cómo lo hizo? No los mandó a un seminario de tres años primero. Los puso a caminar con Él. A ver cómo sanaba. A escuchar cómo enseñaba. A observar cómo trataba a la gente. Y después, los envió a hacer lo mismo. Aprendieron sirviendo. Crecieron practicando. Se formaron en el camino.

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Eso es lo que admiro de Jesús: su capacidad de formar un equipo de personas comunes que trasciende aún después de miles de años de su muerte. No buscó gente perfecta. Buscó gente disponible.

Y acá está el problema con la mentalidad de «no tengo líderes». Cuando decís eso, estás buscando personas talentosas. Personas que ya saben. Personas que llegan listas.

Pero esas personas casi nunca aparecen. Y si aparecen, generalmente ya están ocupadas en otro lado. O tienen sus propias ideas de cómo hacer las cosas. O no se adaptan a tu visión.

Lo que sí tenés son personas fieles, enseñables y dispuestas. Están ahí. En tu iglesia. Sentadas cada domingo. Esperando que alguien las vea. Que alguien les dé una oportunidad. Que alguien crea en ellas antes de que ellas crean en sí mismas.

¿Cómo identificarlas? No busques talento. Busques tres cosas: Fidelidad. ¿Viene consistentemente? ¿Cumple lo que promete? ¿Está cuando nadie la ve? Enseñabilidad. ¿Escucha? ¿Acepta corrección? ¿Tiene hambre de aprender? Disposición. ¿Dice que sí cuando le pedís algo? ¿Está dispuesta a servir aunque sea en lo pequeño? Una persona fiel, enseñable y dispuesta vale más que diez personas talentosas pero soberbias.

El talento sin carácter destruye. El carácter sin talento se puede desarrollar.

Ahora, una vez que identificás a esas personas, ¿qué hacés con ellas? Las formás en el camino. No las mandás a estudiar dos años antes de darles responsabilidad. Les das una tarea pequeña ahora. Esta semana. Y caminás con ellas mientras la hacen.

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¿Querés formar un líder de grupo pequeño? No le des un curso de seis meses. Dale un grupo de tres personas y reunite con él cada semana para ver cómo le fue, qué dudas tiene, qué aprendió.

¿Querés formar a alguien para evangelismo? No le des un manual. Salí con esa persona a visitar gente. Que te vea hacerlo. Que lo haga con vos al lado. Que después lo haga solo y te cuente cómo le fue.

Ese es el modelo de Jesús. Primero Él predicaba y enseñaba. Después enviaba a sus discípulos a predicar y enseñar. Mientras ellos iban, Él seguía predicando y enseñando. El modelar es clave. Y es continuo. No podés pedir que alguien haga algo que vos no hacés. No podés formar líderes desde un escritorio. Se forman caminando juntos.

Y acá viene algo importante: activación progresiva. No le des a alguien una responsabilidad enorme de entrada. Empezá con algo chico. Que salude a la gente en la puerta. Que prepare el café. Que ore al inicio de la reunión. Observá cómo responde. ¿Lo hace con alegría? ¿Llega temprano? ¿Se queja o sirve?

Si responde bien, subí el desafío. Que lidere una parte del grupo pequeño. Que visite a alguien enfermo. Que acompañe a un nuevo. Y si responde bien de nuevo, seguí subiendo. Que lidere su propio grupo. Que forme a otro. Que multiplique. Así se construye una generación de líderes desde cero. No con programas. No con eventos de capacitación aislados. Con proceso. Con acompañamiento. Con desafíos crecientes.

El error más grande que veo en pastores es esperar que los líderes aparezcan formados. Eso no va a pasar. Los líderes no se encuentran. Se forman. Y la formación no ocurre en un aula. Ocurre en la vida real, sirviendo a personas reales, con un mentor real que camina al lado.

Pastor, mirá a tu alrededor. Mirá a esa persona que siempre está, que siempre ayuda, que nunca se queja. Esa persona que tal vez no tiene el don de la palabra pero tiene un corazón de oro. Ahí hay un líder. Solo que nadie lo vio todavía.

Tu trabajo no es buscar líderes. Tu trabajo es verlos donde otros no los ven, creer en ellos antes de que ellos crean en sí mismos, y caminar con ellos hasta que se conviertan en lo que Dios los llamó a ser.

¿A quién vas a invitar esta semana a caminar con vos? Paso a paso, pero no parados. Los líderes que tu iglesia necesita ya están en tu iglesia. Solo falta que alguien los forme. Y ese alguien sos vos.

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