Por estos días, la cantautora y teóloga española Raquel Reguera está difundiendo su nuevo sencillo titulado “Canta”. Se trata de una composición que aborda una temática poco tratada en el ámbito social cristiano, y es el de la inmigración. Raquel reflexiona a través de esta canción y desarrolla, a través de esta columna para Vida Cristiana, su percepción del tema a partir de su propia experiencia.
Vivimos tiempos extraños. Tiempos que antes solo parecían pertenecer a las novelas distópicas de nuestra infancia, pero que hoy, en el Estados Unidos actual, ya no son ficción. El imaginario social ha dejado ser una advertencia abstracta para convertirse en una tensión cotidiana para quienes vivimos, hablamos y soñamos con “acento”. Y aunque mi piel blanca, mi pelo rubio o mis ojos azules pueden confundir a algunos, a diario no dejo de sufrir la presión silenciosa de ciertas miradas que te recuerdan que tu historia, tus raíces o los matices de tu voz pueden ser recibidos como sospecha antes de ser escuchados como vida.
Y no es que viva descorazonada, porque el alma de mi sueños sigue confiando en esta tierra, pero hay días en el que el horizonte se vuelve oscuro, vacío y callado. Y callado no solo para mí, sino para los miles de inmigrantes que como yo no tenemos más delito que llevar otra música en la voz, otra memoria en la piel y la esperanza obstinada de querer pertenecer a una tierra que no nos vio nacer pero que amamos y respetamos como la nuestra.
Y entonces aparecen las argumentaciones de siempre, esas que intentan justificar el miedo, la sospecha o el desprecio. Algunos me dicen que no es contra mi, que es cuestión de documentos, que es por seguridad, que es por orden, que es por proteger la nación. Y todo parece lícito, casi razonable, hasta que esas palabras se acercan demasiado a tu vida y entonces dejan de sonar a ley para empezar a sonar a golpe. Porque a veces el lenguaje del orden solo es una máscara bonita cubriendo una crueldad antigua.
Pero lo más difícil no es responder a esas voces. Ni siquiera guardar silencio por miedo a las represalias. Lo más duro es no endurecerte, no insensibilizarse y no dejar que el corazón se acostumbre al horror. Y, como artista, quizá lo más difícil sea no silenciar ese grito interior que, en situaciones como esta, tal vez sea el único que todavía está diciendo la verdad.
Y quizá por eso nació “Canta”. No desde la comodidad de quien observa el dolor ajeno desde lejos, sino desde ese lugar íntimo donde una siente que la vida le pide no quedarse muda. Y no solo por mí, ni por mi familia. Veo a mis amigos, veo a mis hermanos en Cristo, veo a mis vecinos, veo a los compañeros de clase de mi hija… gente que, como yo, lo único que hacemos es amar esta tierra, soñar, trabajar duro y, en definitiva, vivir. Por eso «Canta» nació en mí cuando el corazón me susurró que callarme era una forma de rendirme. Y este es uno de esos momentos en los que la voz no necesita ser perfecta, solo necesita seguir viva.
Por eso esta canción no sólo se canta, se respira, se grita, se comparte, se vive. Es como ese espiritual cantado por quienes tienen miedo de hablar, por quienes bajan la mirada para no incomodar o por quienes han aprendido a medir sus palabras, disimular su acento, sus gestos, su presencia. Se canta por quienes llegamos con una maleta llena de sueños y, aún así, seguimos teniendo que demostrar que no somos una amenaza.
Cuando llegó el momento de convertir esta vivencia en canción, mi alma volvió a Agar. A esa mujer bíblica que recoge como pocas el grito del vulnerable, del rechazado, de aquel que ha sido usado y despojado de dignidad y pertenencia. Ella representa a quienes caminan por el desierto con una herida que no eligieron, cargando un dolor que otros provocaron y una vida que todavía merece futuro. Y, sin embargo, Agar nos revela el giro de fe que sostiene toda la canción. Ella no solo fue expulsada, no solo fue herida, no solo fue llevada al límite de sus fuerzas. Agar recobró su identidad ante el llamado de un Dios que nunca apartó la mirada de ella. Un Dios que nos ve y nos ama no por nuestra herida, sino desde nuestra identidad más profunda: la de hijos e hijas que siguen siendo dignos, amados y nombrados, incluso cuando la historia nos obliga a caminar la aridez de nuestro propio desierto.



