“El juego del calamar” y el Evangelio: resistir en un mundo que deshumaniza

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  • Estudiante argentina. Integra el grupo de adolescentes de la iglesia Cristo para Todos, en Adrogué, Buenos Aires.

«El juego del calamar», la serie más exitosa y taquillera, no solo de la plataforma de streaming Netflix, sino también de la historia, llegó a su fin tras el estreno de su tercera temporada el mes pasado. Pero ¿por qué tuvo tanto impacto en la sociedad? La autora de este artículo analiza «El juego del calamar» desde una mirada crítica y reflexiva, conectando con valores cristianos, así como con problemáticas políticas y sociales que atraviesan nuestra cultura contemporánea.

La serie “El juego del calamar” gira en torno a un grupo de participantes que, voluntariamente, aceptan enfrentar juegos mortales con la esperanza de ganar una suma millonaria de dinero que, de hacerlo, cambiaría sus vidas para siempre. Sin embargo, tomar esta decisión pone en juego su dignidad, su moral y, sobre todo, su humanidad.

Con una visión aguda podemos ver esta serie desde una perspectiva que la emparente con valores cristianos, como así también la ubique como exponente de lo peor de nuestro comportamiento humano.

Desigualdad y la ilusión de la elección
“El juego del calamar” plantea un mundo donde las personas, empujadas por la deuda y la desesperación, acceden a participar en juegos donde el precio de perder es la muerte (reflejando así que prefieren una vida con alto estatus o la muerte antes que seguir viviendo en la miseria). Desde el primer episodio, se deja en claro que los jugadores no son forzados a participar: ellos “eligen” volver. Sin embargo, esta supuesta libertad es una ilusión.

“No fuimos creados para competir hasta destruirnos, sino para amar hasta transformarnos”.

La serie expone de manera cruda una realidad social en la que muchas personas se ven obligadas a aceptar condiciones inhumanas para sobrevivir. ¿Realmente se puede hablar de libre albedrío cuando la alternativa es el hambre, la exclusión o una vida sin dignidad? Esta es una de las primeras preguntas que interpela a los personajes.

Desde una mirada cristiana, esta realidad resulta profundamente dolorosa. Jesús se acercaba especialmente a los excluidos, aquellos que habían sido dejados de lado por los sistemas sociales de su tiempo. El mensaje del Evangelio choca rotundamente con la configuración de valores que propone la serie: mientras “El juego del calamar” premia la competencia despiadada, el cristianismo propone el cuidado del otro, la solidaridad y considerar al otro como más importante. De hecho, ese es nuestro distintivo: nuestra manera de amar (Juan 13:35).

La desigualdad no es solo un contexto en la serie, sino el motor que alimenta el juego, el cual, a pesar de ser despiadado, funciona. La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿cuánto de ese sistema también vemos reflejado en nuestra propia sociedad?

Poder, control y el espectáculo del sufrimiento
Uno de los elementos más inquietantes de “El juego del calamar” es la existencia de una élite que contempla los juegos desde la distancia, sin intervenir, pero controlándolo todo. Ellos no compiten, no sufren, no arriesgan nada. Solo miran, apuestan y disfrutan. Son testigos indiferentes del dolor humano convertido en entretenimiento.

Esta dinámica revela una crítica feroz al funcionamiento del poder en la sociedad. Aquellos que concentran la riqueza y las decisiones rara vez padecen las consecuencias del modelo social que ellos mismos sostienen. La serie no solo denuncia esta realidad, sino que la lleva al extremo, y nos hace preguntarnos: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a mirar sin intervenir? ¿Cuántas veces el sufrimiento real de otros se transforma, en la vida cotidiana, en espectáculo? La violencia se normaliza, y la empatía se desvanece.

Desde el punto de vista cristiano, esta situación nos interpela profundamente. La indiferencia frente al dolor del otro es contraria al corazón del Evangelio. Jesús no miraba desde la distancia. Se acercaba a los que sufrían, lloraba con quienes lloraban, se ensuciaba las manos para lavar pies ajenos.

“El Rey les contestará: Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron” (Mateo 25:40).

Este versículo derriba toda excusa para la indiferencia. La fe cristiana no es pasiva, nos empuja a involucrarnos, a incomodarnos. En un mundo donde todo puede volverse contenido —desde la pobreza hasta la muerte—, el cristianismo propone algo radical, devolverle al otro su rostro, su nombre, su historia. “El juego del calamar” expone una realidad incómoda de nuestra sociedad: cuando el poder no tiene límites ni responsabilidad, el ser humano se convierte en objeto. Y frente a eso, los cristianos estamos llamados a ser un contraste. A no mirar desde arriba ni desde lejos, sino desde al lado.

Redención, sacrificio y la batalla interior
Más allá de la crítica social y política, “El juego del calamar” también pone en escena una dimensión profunda e impactantemente espiritual: la lucha interna del ser humano entre el egoísmo y la empatía, entre la supervivencia a cualquier costo y la posibilidad de dar la vida por el otro.

A lo largo de la serie y, especialmente en su tramo final, aparece una pregunta central: ¿qué nos convierte en verdaderamente humanos? Cuando las reglas del juego exigen abandonar al otro, traicionarlo o matar, algunos personajes logran, incluso en ese contexto extremo, conservar la sensibilidad hacia el otro, el perdón, la compasión.

El ejemplo más claro de esto es Gi-hun (nuestro protagonista). Aunque tiene fallas como todos, representa una conciencia que se resiste rotundamente a volverse indiferente. Él carga con la culpa, con el duelo, con la responsabilidad, con el sacrificio. Y eso lo convierte en una figura que, de algún modo, simboliza la esperanza y la resistencia frente a la estructura en la que está inmerso.

Desde la fe cristiana, esto se conecta directamente con la figura de Jesús. En un mundo donde todos luchaban por el poder, él eligió el camino del servicio. Mientras otros buscaban salvarse a sí mismos, él eligió entregar su vida por amor. Y esa entrega no fue solo un acto físico, sino una forma radical de decir: “El otro importa más que yo”.

“Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15:13).

En “El juego del calamar”, cuando los personajes logran actos de entrega y sacrificio por el otro, se abren pequeñas ventanas de redención. El orden establecido busca borrar la humanidad, por ende, la empatía y misericordia se convierten en una forma de rebeldía hacia el mismo. Y esa es, también, la propuesta de la fe cristiana: no negar el dolor ni la injusticia, sino vivir en medio de ellos con una esperanza activa, con una ternura que elige ver al otro incluso cuando el mundo insiste en volverlo invisible.

“Cuando los personajes logran actos de entrega y sacrificio por el otro, se abren pequeñas ventanas de redención”

Una fe que mira, siente y actúa
“El juego del calamar” no es solo una serie sobre juegos extremos ni una distopía exagerada. Es un espejo colectivo. Un reflejo incómodo de los sistemas que deshumanizan, de las decisiones que tomamos como sociedad y del lugar que le damos —o no— a la dignidad humana. Refleja lo que pasa cuando el dinero se convierte en el centro, el sufrimiento se vuelve indiferente y el poder no tiene límites. Pero también, entre tanta oscuridad, nos deja vislumbrar algo más: que la compasión, aunque pequeña, puede resistir la estructura del orden establecido.

Desde la fe cristiana, el mensaje es claro: no fuimos creados para competir hasta destruirnos, sino para amar hasta transformarnos. Jesús no vino a observar el dolor del mundo, sino a cargarlo. No eligió el camino del privilegio, sino el del servicio. No vino a salvarse, sino a salvar. Como cristianos, no podemos ignorar la cultura ni el mensaje que esta sociedad impone, no podemos mirar una serie como “El juego del calamar” y quedarnos solo con el drama o la estética. Tenemos que dejarnos interpelar. Preguntarnos qué tipo de personas queremos ser. ¿Espectadores cómodos? ¿Competidores sin escrúpulos? ¿O aquellos que, aun cuando todo nos empuja a lo contrario, elegimos amar, cuidar y resistir?

La esperanza cristiana no es ingenua. Sabe del dolor. Pero también sabe que el amor y la esperanza viva tienen el poder para transformarlo todo. Sobre todo, en los juegos más oscuros del mundo real. Donde la injusticia, el egoísmo y el poder parecen tener la última palabra, hay quienes deciden jugar con otras reglas: las de la compasión y la dignidad. No para ganar, sino para amar cuando todo invita a destruir. Y esa es la apuesta más valiente: no dejar que el egoísmo nos arrebate la humanidad, porque es en el amor que se entrega, en esa fe que se levanta, donde habita la verdadera victoria.


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