¿Cuánto nos afecta la caída de un líder cristiano?

Autor

  • Periodista argentino. Con más de 30 años de trayectoria en los medios cristianos de comunicación social. Autor del libro "El rock y el pop en la iglesia". Fundador de la Unión de Comunicadores Cristianos de la Argentina.
    Es editor de VidaCristiana.com

La confesión pública del adulterio del escritor Phillip Yancey abre interrogantes en el seno de la iglesia, respecto al grado de afectación en el pueblo evangélico cuando suceden estos hechos. Las sapientes reflexiones de los escritores y teólogos Esteban Fernández y Lucas Leys nos plantan un escenario en el que el balón queda en el campo del cristiano de a pie, el que ha leído, aprendido y fue bendecido con los escritos de un autor que hoy, comienza a desandar el camino de la restauración. ¿Pasaremos, automáticamente, a censurar todo escrito de Yancey que, en otro tiempo, fue de bendición para la vida de miles de lectores? Fundamentalmente, ¿seremos capaces de continuar nuestra vida de relación con Dios sin que nos afecten estos hechos?

Sin dudas, luego del tema Venezuela, la noticia que causó conmoción dentro del pueblo evangélico durante los primeros días de enero es la confesión pública del famoso escritor y teólogo Phillip Yancey. La infidelidad en un matrimonio de líderes cristianos no es nueva. Lamentablemente, habrá que asegurar que no será este el último caso. Pero, lejos de asombrarnos, escandalizarnos o naturalizar estos hechos, me invité a mí mismo y hago extensiva la invitación, a evaluar hasta qué punto nos sentimos afectados nosotros, los evangélicos laicos, cuando se producen en nuestros referentes estos comportamientos tan distantes en lo que a vida cristiana se refiere.

Recuerdo cuando, allá por mediados de los años ‘80, el popular predicador Jimmy Swaggart confesó a través de la televisión, que había sido descubierto con una prostituta en un motel. La noticia fue un escándalo de proporciones astronómicas para un ámbito evangélico que, en gran parte de América Latina, disfrutaba del crecimiento exponencial a partir de acciones de muchísimos hombres de Dios que distribuían el Evangelio a través de los medios de comunicación, Swaggart incluido. Era inconcebible que hubiera ocurrido un hecho de tamaña pecaminosidad en un siervo de Dios. Estaba claro que la perfección siempre fue prerrogativa de Dios, solamente. Pero se esperaba que sus representantes en la tierra tuvieran cierta solvencia ética, moral y espiritual que sostuviera la integridad del mensaje que llevaban. A partir del caso Swaggart quedó claro que no era tan así.

Las siguientes décadas, que también experimentaron un crecimiento masivo de la fe evangélica, nos obsequiaron tristes escenas de prominentes líderes que sucumbieron ante la tentación sexual. Algunos de esos escándalos terminaron en divorcios, otros en perdón; en otros casos, los cónyuges fingieron demencia y siguieron sus redituables rumbos ministeriales, privilegiando el status quo antes que ir en busca de la restauración de la pareja. Todo sea por el ministerio.

Poco a poco nos fuimos (mal) acostumbrando a estos comportamientos y hemos visto la doble vara con la que se castigaba a quienes, tal vez, no gozaban de tanta popularidad, del mismo modo que se intentaba encubrir o, aunque sea, morigerar la gravedad de los hechos si ese líder era de los favoritos. Así fue que vimos a predicadores a quienes de la noche a la mañana se les acabó la carrera por haber “caído en pecado”, término acuñado en los ‘80 y que hoy se encuentra en extinción por esto de no mencionar tanto la palabra “pecado”. Del mismo modo, pudimos ver operativos para alivianar las mismas caídas en salmistas que aun continuaban siendo redituables para algunas megaiglesias y productores de eventos en el continente.

Dicho esto, y luego de leer los escritos de Lucas Leys en La Corriente y de Esteban Fernández en Diario Cristiano, ambos con notable toque pastoral y gran sobriedad, tratándose de un tema escabroso, quise ir por otro carril. Fernández destacó, en su escrito, algunos puntos fundamentales de este hecho, como lo son la confesión, la sinceridad de hacerlo motu proprio y sin esperar a que lo hayan descubierto y la enorme actitud de su esposa. Por su parte, Leys nos baja a tierra haciéndonos entender que los líderes cristianos están hechos de la misma materia que cualquier mortal y que en nuestro ámbito, no existen superhéroes. Como me gusta ir al llano, solo quisiera arrojar preguntas inquietantes acerca de cuánto nos afecta a los evangélicos que estamos de este lado del púlpito, este tipo de acontecimientos.


Examen introspectivo

La “caída” moral de Yancey, ¿condicionaría mi comportamiento cristiano? ¿Me pondría en un punto distante del evangelio, colocándome en la posición de mero observador y desconfiando de cuanta enseñanza bíblica haya en el medio? ¿Descalificaría los escritos de Yancey que, otrora, fueron de edificación para la propia vida y la de los demás lectores que han consumido sus obras? En tal caso, ¿vedaría la lectura de aquellos libros publicados por el autor en el lapso en el que mantuvo su relación ilegal?

Volviendo a la reflexión de Leys, creo que es necesario comprender que ningún referente cristiano, por más encumbrado que esté, merece devoción. Todos son humanos al igual que nosotros y plausibles de tropezar, al igual que nosotros. Ningún escritor, pastor, conferencista o cantante popular tiene un aura que los coloque en un pedestal inalcanzable e inmaculado. Por eso, estos sucesos, tristes, por cierto, nos invitan a tener una relación más fluida con Dios y a elevar la mirada solo a Él, entendiendo que no existen los líderes ni los padres espirituales. Tales cosas no están en la Biblia y a raíz de ese invento semántico de los últimos tiempos, es que muchos cristianos tambalean en su fe cuando ven que sus “líderes” o “padres espirituales” no son consecuentes con sus enseñanzas. Esto no libera a esos referentes de la responsabilidad que les toca por sus acciones, pero sí nos exhorta a nosotros a recibir enseñanzas bíblicas de parte de personas como cualquiera, que solo tienen la gracia (y enfatizo lo de “gracia”) de contar con cierto grado de popularidad como para ser escuchadas o leídas masivamente. Independientemente de lo que hagan con sus vidas personales. Como dice la misma Biblia, “examinar todo y retener lo bueno”. Tal vez aplica para estas situaciones.


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