Las matemáticas del Maestro

Autor

  • Periodista argentino. Con más de 30 años de trayectoria en los medios cristianos de comunicación social. Autor del libro "El rock y el pop en la iglesia". Fundador de la Unión de Comunicadores Cristianos de la Argentina.
    Es editor de VidaCristiana.com

Las Crónicas del Maestro. Capítulo 3

Cae la noche y una vez más… el Maestro estaba cansado después de un día más de ajetreo ministerial. Si tres años es poco tiempo para ejercer una misión como, por ejemplo, la de salvar al mundo, imagínense en una época en la que no existía la tecnología, los medios de comunicación ni las redes sociales. La única red que tenía Jesús a mano era la que usaba para salir a pescar con sus discípulos.

Lo cierto es que el joven de barba tupida venía de una gira por la glamorosa Jerusalén, donde había tenido una de sus tantas agarradas con los religiosos que ardían de rabia porque no les salía una bien. Y en su regreso por el mar de Galilea, hizo un par de paradas por Decápolis, donde sanó a un sordomudo. Luego de eso, le recomendó que no dijera nada a nadie. Es probable que Jesús no haya estado demasiado lúcido cuando le pidió eso porque… ¿Qué sordomudo se va a quedar callado luego de haber sido sanado milagrosamente? En el fondo, pienso.. ¡fue una estrategia! Seguro que le dijo que no le contara a nadie para producir el efecto adverso. ¡Habrá sido eso!

Una jornada de varios sermones le espera en este tramo del tour. Y no iba solo, porque detrás de los 12 guardaespaldas, había unas 5000 familias que lo venían siguiendo hacía como tres días.

En eso, Jesús muestra su lado fuerte, pero también su costado menos hábil, el de las matemáticas. Está comprobado que el Señor podía hacer milagros, liberar a la gente atormentada, sanar enfermos terminales y hasta resucitar muertos, pero… no le pidan que haga cuentas porque jamás lo entenderíamos.

El lado fuerte de Jesús, por supuesto, estaba emparentado con el amor, la misericordia, la empatía… “tengo misericordia de esta gente que hace tres días que nos sigue”, dijo Jesús a sus muchachos, utilizando esa palabra, “misericordia”. Hasta ahí, todo bien. Es el Jesús que todos conocemos y eran lógicas sus palabras. Así que sus discípulos empezaron a organizar la desconcentración. “Muchachos, ya es tarde, el Maestro está cansado así que, vayan moviéndose”, habría dicho Pedro, siempre preocupado porque Jesús estuviese cómodo.

Como la gente seguía ahí, ante el intento de Pedro de sacar su espada para ser un poco más… persuasivo, aparece en acción Judas, con su labia para intentar convencerlos. “Ciudadanos, estamos en vísperas de una revolución y necesitamos que nuestro líder esté bien descansado para mañana”, le habría dicho a la gente cual político en campaña. Algunos se miraron como comprendiendo la situación y se estaban parando como para hacer la retirada.

Entonces Jesús interrumpe todos los planes y les pide a sus discípulos que les den de comer. Los 12 se miraron esperando la carcajada del Maestro para corroborar que estaba bromeando. Pero no. Reiteró el pedido y Tomás, siempre realista, le dice: “No hay ni un supermercado chino abierto en todo Jerusalén. ¿Dónde vamos a comprar a esta hora?”

Tímidamente, Juan viene con un niño de la escuela bíblica, que tenía la viandita que le había preparado su mamá por si acaso le agarraba hambre. Le muestra la bolsita y había 5 panes y 2 peces. “¡Buenísimo!”, dijo Jesús, mirando a los suyos como buscando respaldo a su idea de alimentar a la multitud con la comida de un niño.

Mateo, el más sapiente de todos, con su mirada puesta en la pantalla de su ábaco (no había calculadoras en ese entonces) trata de enseñarle al Maestro que las cuentas no daban. “Maestro, son 5 panes para 5000 familias. No nos dan los números”.

La noche estaba avanzada, y Jesús estaba cansado como para ponerse a explicarle a sus discípulos así que, dio gracias a Dios por las 7 porciones que allí tenía y le dijo a la gente: “Siéntense que ahora pasan los mozos”. Y así fue que todos comieron, se saciaron y, paradójicamente, con la comida que sobró, llenaron 12 canastas.

La gente se fue y Jesús, antes de irse a dormir, habrá pensado: “¿Querían matemáticas humanas? Ahí tienen, una canasta para cada uno. No me molesten mientras duermo”.


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