Las Crónicas del Maestro. Capítulo 2
El carpintero andaba por el pueblo que lo vio nacer junto a sus 12 amigos. No había hecho gran cosa allí porque la gente mucho no le creía. De ahí la famosa frase “Nadie es profeta sino en su propia tierra”. Así que continuó su recorrida por otras regiones.
Venía de tener algunos episodios fuertes, como haber tenido que alimentar a 20 mil personas, más o menos, con cinco pequeños panes y dos pescados. También se le embraveció el mar una noche y tuvo que recurrir a sus influencias para que se calmara. Y hasta recibió la mala noticia de que a su primo le habían cortado la cabeza por pedido de una nena caprichosa y la flojera de un gobernante que era un mamarracho.
En fin, cuando se dedicó a descansar un rato, lo cruzaron por el camino unos religiosos que, como estaban al divino botón, sólo buscaban hacerle pisar el palito al hombre de Galilea, emboscándolo con pasajes de las Escrituras sacados de contexto. A esta altura, con el trajín de andar haciéndole el bien a la gente por cuanta ciudad pisaba, el Hombre ya estaba un poco con los niveles de paciencia en rojo, así como cuando el celular se pone en 20% y bajando.
Así que no tuvo mejor idea que confrontarlos con su propia hipocresía, un poco como para que se desmadre todo, y les dijo: “Lo que entra por la boca no es lo que contamina a las personas, sino lo que sale, porque en realidad, sale del corazón. Y eso es lo que contamina a la gente”.
¡Para qué! Enseguida sus amigos, que estaban entremezclados con estos “fiscales del universo”, escucharon como se hablaban en secreto y enseguida le dijeron a su líder: “Jefe, parece que a esos viejos no les gustó nada lo que dijiste y andan ofendidos”. A lo que su líder, aún fastidiado por la situación, les dijo: “Déjenlos. No les den calce. Son ciegos que pretenden guiar a otros ciegos y lamentablemente, quienes los escuchen y los sigan, van a caer con ellos”.



