Mi primo, el Maestro

Autor

  • Periodista argentino. Con más de 30 años de trayectoria en los medios cristianos de comunicación social. Autor del libro "El rock y el pop en la iglesia". Fundador de la Unión de Comunicadores Cristianos de la Argentina.
    Es editor de VidaCristiana.com

Las Crónicas del Maestro. Capítulo 1

En aquellos años, no a cualquiera se le llamaba “Maestro”. Sólo se reconocía como tales a aquellas personas con probada experiencia en el campo de la teología. Claro que la palabra “teología” no existía en ese entonces, sino que fue creada tiempo después para significar a la ciencia que estudia a Dios y todo lo relacionado con Él. En otras palabras, el Maestro, en la Biblia, era aquél que tenía conocimiento, relación y, en consecuencia, autoridad para hablar de Dios a otros.

Por lo tanto, que a Jesús lo llamaran Maestro era una obviedad. Pero, ¿cuáles eran sus pergaminos? Si durante 30 años estuvo fuera del radar de los fariseos, ¿cómo es que de la noche a la mañana todos lo reconocían y empezaban a hablar de él?

Sucede que tenía un primo llamado Juan, con una gran facilidad para convencer a las personas. Un tanto hosco, por cierto, y a veces problemático con las autoridades. Pero resultó ser un gran manager, al punto tal que en lugar de ir él al centro de la ciudad a predicar, la gente iba donde él estaba, en el medio de la nada, para escucharlo hablar de un primo que, según él mismo decía, iba a hacer su aparición con milagros y con bautismo de fuego. ¡Wow! No sé qué habrá pensado la gente cuando Juan decía eso, pero quedaba claro que le creían y accedían a un ritual hasta entonces desconocido, que consistía en sumergirse en el agua por unos segundos y salir a flote nuevamente. Bautismo, le decían, y de ahí es que lo apodaron “Juan el Bautista”. Algo especial tenía este hombre para que la gente hiciera lo que le pedía.

Pero, volviendo al Maestro, un día, como si nada, se le aparece mientras la gente se estaba bautizando e hizo la fila como cualquier hijo de vecino. Cuando le toca el turno, Juan se sorprende y le pide que lo bautice a él. Evidentemente no se habían puesto de acuerdo cómo iba a ser el protocolo, ya que Jesús le dice: “Primo, vos me tendrías que bautizar a mí, así doy el ejemplo”. Juan, que no le terminaba de entender, le retruca: “¡No! Vos a mí”, casi con un tono desafiante. Jesús, con pasividad, casi con un gesto de resignación, agacha su cabeza en 45 grados, choca las yemas de los dedos de su mano derecha con los de su izquierda y vuelve a recalcarle: “A ver, Juan, vamos a organizarnos un poco. Mañana empiezo mi ministerio así que hoy necesito estar bautizado”. Casi como excusándose, Juan levantó a medias ambas manos como diciendo: “Ok, ok, vos sos el que manda”, y lo bautizó.

Así comenzó la epopeya de este Maestro, cuyo currículum decía: “Nacido en un establo en Belén en el -4 (¿?). Exiliado en Egipto a los dos años. Cuando niño, se le escapaba frecuentemente a su madre para estar en la sinagoga. Fue carpintero como su padre”.

Hay que reconocerlo: Juan hizo un gran trabajo de promoción. De repente, todo el mundo hablaba del Maestro.


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